Exemple

Migrantes “económicos” de la región de Kayes (Mali): escapando del hambre y la pobreza

A fuerza de verlas casi a diario abriendo los informativos de todas las televisiones, las imágenes de cientos de personas cruzando el Mediterráneo se han convertido en familiares para todos. Imágenes dramáticas de personas, en ocasiones solas, en ocasiones con sus familias, siendo rescatadas (o tratando de serlo) de las aguas de un mar que en lo que va de año se ha llevado la vida de casi 3.000 personas.

Y, al hilo de esas imágenes, proliferan los relatos y análisis sobre la situación de las personas refugiadas; esas personas que han tenido que abandonar sus hogares víctimas de la guerra o la persecución, y en torno a las cuales también proliferan los debates en las sociedades de acogida.

Migrantes económicos: una realidad muy compleja

Sin embargo, mucho menos se habla de lo que de forma genérica se viene denominando “migrantes económicos”. Una etiqueta que, a pesar de su innegable utilidad para para medios de comunicación e instituciones, en muchas ocasiones hace un flaco favor a las personas que bajo ella se encuadran, por dos razones. En primer lugar, porque suele servir, al menos conceptualmente, para clasificar a las personas que llegan en los hacinados botes en dos categorías: una superior (las personas refugiadas, que, como demandantes de protección internacional, ostentan toda una serie de derechos) y otra inferior (las personas migrantes, cuyo itinerario responde a una decisión voluntaria de optar a una mejor vida y, por tanto, apenas merecen nuestra atención y protección institucional).

Y en segundo lugar, porque la denominación de “migrante económico” encierra y, por tanto, invisibiliza una amplia y compleja gama de realidades, causas e historias humanas que explican por qué alguien se ve obligado a abandonar su hogar en busca de una vida mejor, y no necesariamente por la existencia de un conflicto armado.

Mali, país de emigración

Es el caso, por ejemplo, de numerosas personas procedentes de Mali, país de enorme tradición migratoria desde hace décadas y desde donde miles de jóvenes parten cada año hacia Europa (y otros países africanos) en busca de oportunidades de vida. Según el Centro de Información y Gestión de las Migraciones (CIGEM), tres son fundamentalmente las causas que hacen que aproximadamente 4 millones de malienses vivan en el exterior:

Económicas. Según Naciones Unidas, Mali es uno de los países menos desarrollados del mundo, ocupando el puesto 179 de 188 en el Índice de Desarrollo Humano. La estructura y el contexto económico en el país, con alrededor de un 30% de desempleo y un 80% de su población activa dedicada a labores agrarias o pesqueras, impiden la creación de oportunidades para la población.

Ambientales. Durante los últimos años Mali, al igual que otros países del Sahel, han visto acentuarse las consecuencias del calentamiento global. Sequías cada vez más severas, desertificación, ausencia de recursos hídricos o pérdida de biodiversidad han sido algunos de los factores que, junto con el crecimiento demográfico, han provocado que los rendimientos de las actividades agrícolas y ganaderas sean cada vez más escasos, poniendo en peligro la propia supervivencia de hogares enteros.

Conflictos y violencia. Si bien en estos momentos el contexto es de relativa tranquilidad, en los últimos años el país ha estado sometido a importantes tensiones (conflicto armado, golpes de Estado, presencia de diferentes grupos armados y terroristas en el país, etc.), lo que ha contribuido a generar desplazamientos de población tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Dadas las circunstancias anteriores, en el contexto maliense, la migración es percibida como una de las fuentes de ingresos más importantes que sostienen la economía de numerosas familias e incluso comunidades, especialmente en el ámbito rural, de donde procede aproximadamente el 80% de las personas que abandonan el país. Las remesas enviadas por las personas emigradas, junto con la capacidad de movilización de recursos (económicos, técnicos y humanos) por parte de aquellas en sus sociedades de origen han constituido y siguen haciéndolo la principal fuente de riqueza de numerosas comunidades rurales.

La región de Kayes, foco de emigración

Lo comentado anteriormente es de total aplicación en la región de Kayes, al sureste de Mali, en la que el Movimiento por la Paz trabaja desde que llegara al país en 2007. Con una población de cerca de dos millones de habitantes, Kayes es una de las regiones malienses que atesora mayor experiencia y tradición en el ámbito de la migración. Por un lado, su carácter de zona fronteriza con tres países (Mauritania, Senegal y Guinea Conakry) y, por otro, sus históricos lazos con Francia como proveedor de mano de obra del país galo, explican el hecho de que emprender un proyecto migratorio sea una opción que goza de un fuerte arraigo en el seno de las comunidades.

Factores que en la actualidad se ven potenciados por los escasísimos niveles de producción agrícola, ganadera y pesquera a los que se ve confrontada la población. En efecto, el agotamiento de los ya de por si pobres recursos naturales de la zona está provocando importantes reducciones de los niveles de ingresos de las familias y prolongados periodos de soudure (aquellas épocas del año en las que no se pueden cubrir las necesidades alimentarias básicas de las familias), amenazando la propia supervivencia de las familias.

En este contexto, numerosos hogares optan por enviar a alguno de sus miembros bien a un entorno urbano (dentro del país), bien al extranjero (a países de África Occidental o Central, o a Europa) como salida a una situación de inseguridad alimentaria e incapacidad de generación de ingresos que tiende a agravarse a medida que los efectos del calentamiento global se acentúan y los escasos recursos a disposición de las comunidades se empobrecen o, directamente, desaparecen.

Por otro lado, es necesario señalar, como apuntan desde el CIGEM, una de las contrapartidas de la cuestión migratoria en zonas como la región de Kayes. Según el organismo, a pesar de los fondos enviados al país por los emigrantes (en 2012, se transfirieron el equivalente a casi 670 millones de euros), las comunidades se ven afectadas por la ausencia de mano de obra y recursos humanos cualificados que lideren y dinamicen el desarrollo de las comunidades.

De esta forma, la migración representa un elemento crítico en el futuro de las pequeñas localidades del ámbito rural. Factor de creación de riqueza, por un lado, puede convertirse, por otro, en una fuerza que contribuye negativamente a la generación de capacidades en las propias comunidades, minando los esfuerzos de estas por fortalecerse frente a las crisis y cimentar formas de vida sostenibles a largo plazo.

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